Bulos,
noticias falsas y medias verdades (o mentiras) han cobrado en los últimos
tiempos un protagonismo exponencial. Nacen, crecen, se reproducen y difunden
con facilidad, y cada vez es más complicado (si no imposible) darles muerte y
hacerlas desaparecer. Los hay (no vamos a descubrir nada) quienes se han
abonado a generarlas. Y entre tanto ruido, tanto ansia por ser el primero en
dar la primicia, tanta falta de tiempo para contrastar y tan pocas ganas de
hacerlo en algunos casos, se aceptan como válidas informaciones que no lo son, pero
que se viralizan por medios online y redes sociales a toda velocidad.
En
este maremagnum, las fotos son en muchos ocasiones las portadoras de falsedad:
porque “una imagen vale más que mil palabras” y aporta un rasgo de certeza, a
pesar de ya sabemos desde hace tiempo que se pueden alterar y modificar sin dificultad,
a gusto del manipulador. Y porque en la mayoría de los casos, para falsear una
imagen ni siquiera es necesario trucarla: basta con descontextualizarla,
abstraerla del entorno, cambiar la fecha en la que fue tomada o no citarla,
obviar un encuadre, cambiar el foco de atención.